martes, 23 de octubre de 2012


El Bosque de las Ánimas

Abrí los ojos y desperté dentro de una oscuridad que inundaba la habitación sin permitir visualizar nada. Arrastré las sábanas con los pies hasta llevarlas al final de la cama para poder levantarme tranquilamente mientras me agarraba a uno de los boliches del somier que asomaban por la cabecera. Acostumbrada ya la vista a la asfixiante penumbra, empecé a distinguir, poco a poco, toda la habitación, la mesita de noche a mano izquierda de la cama, casi siempre con algún papel o nota junto a la lámpara, el empotrado armario frente a la mesita, en el otro lado de la habitación, mi escritorio de estudio pegado a la pared contigua de la cama, con el ordenador y papeles desordenados por los que mi madre siempre regaña, la puerta cerrada de madera caoba, el ventanal que da a la terraza, oculto tras las cortinas de seda y el suelo entarimado. Una vez en pie me acerqué a la ventana, corrí las cortinas a izquierda y derecha y me asomé para vislumbrar el cielo, pero para mi asombro, no pude ver nada más allá de la barandilla que cercaba la terraza, era el cielo más oscuro que jamás había visto. Decidí salir para mirar agarrado desde el pretil y solo pude ver el piso de abajo, ni si quiera el suelo se podía distinguir. Es como si estuviese dentro de una niebla espesa y negra que pretendía ahogarme. Volví a la habitación y cerré la ventana, corrí de nuevo las cortinas y me acerqué a la cama para ponerme las zapatillas de andar por casa.  Del armario cogí el batín, me dirigí a la puerta y giré el pomo para abrirla.
 El primer haz de luz azul que entró por la ranura de la puerta entreabierta ya me sobresaltó puesto que la luz de las escaleras es amarilla. Abrí la puerta de un movimiento brusco, impaciente por descubrir el origen de esa luz. Cuando los ojos se acomodaron al cambio de luz, pude ver un maravilloso paisaje verde, un bosque de arces y árboles frondosos que se extendía hasta donde el ojo era capaz de ver, un suelo bañado de un vasto prado y entre las ramas de los árboles asomaban haces de luz de la Luna que intentaban filtrarse por el espeso manto de hojas. El viento traía hasta mí un sinfín de aromas, el musgo de las zonas húmedas, la hierba fresca del bosque, la amalgama de aromas florales que emanan entremezclándose entre sí, la resina que fluye de entre la madera… Tantos que necesitaría demasiado tiempo para distinguir más.  Cerré los ojos y comencé a prestar atención pues además el paisaje proporcionaba gran variedad de sonidos que te fundían con él, una suave brisa meciendo las hojas  y acariciando los árboles, el siseo de la hierba silvestre al moverse, el viento silbante atravesando los árboles y acariciándome las mejillas como si de una mano se tratase, … Se escuchaba el recorrido de un río fluyendo a través del bosque, pero ningún ruido de animal ni nada que se le pareciese, algo que me inquietó un poco. Di un paso adelante y cerré la puerta para adentrarme en el bosque, sin si quiera ser consciente de dónde estaba. Tras dedicar un tiempo considerable a caminar sin rumbo fijo, decidí buscar el río que anteriormente había escuchado.

Volviendo sobre mis pasos en busca del río, divisé lo que parecía ser una esfera azul flotando y moviéndose, como si se tratase de una luciérnaga. Me acerqué lo suficiente para darme cuenta de que no había un cuerpo definido como el de un animal, sino una sustancia líquida en forma de esfera que emitía luz y se movía flotando por el bosque. Durante la observación, pisé una pequeña rama seca que emitió un crujido y la esfera huyó despavorida en dirección contraria a la que me encontraba y, raudo, comencé a perseguirla para ver hacia dónde se dirigía. No era fácil seguir el ritmo ya que era capaz de esquivar los árboles con mayor agilidad y al poder moverse por el aire no encontraba dificultad alguna de obstáculos en el suelo como yo, pero eso no me motivó para que desistiese y aumenté el ritmo para no perderle de vista. Durante la persecución me di cuenta de que el sonido del río ya no se escuchaba sino el de una cascada golpeando suavemente el agua y cada vez sonaba más cerca…
Deseaba poder ver la cascada y tras volver a centrarme en la persecución después de haber perdido la concentración, tropecé con las raíces de un enorme roble, tan alto que ocultaba la Luna tras sus ramas y hojas. La esfera de luz se alejó lo suficiente como para que la perdiese de vista y eso me supuso una gran frustración después de tanto esfuerzo en alcanzarla. Aproveché la caída para tomar un descanso, estaba fatigado y sin fuerzas para continuar sin saber dónde me encontraba, por lo que me senté al pié del gran árbol y empecé a contemplar de nuevo el paisaje, tan sorprendente y mágico que me envolvía y arraigaba hasta lo más profundo de mi ser. El sonido del agua fluyendo todavía se podía escuchar, así que encontrarla era mi nuevo objetivo. Cuando hube repuesto las suficientes fuerzas para levantarme y seguir caminando, me agarré a una de las raíces para que me sirviese de apoyo y me levanté. Una vez en pie, me concentré en el tañido del agua que se escuchaba cercano a mi posición, así que comencé a caminar en dirección al eco que hasta mí llegaba, vigilando el suelo que pisaba y esquivando las enredadas raíces que emergían del suelo, pobladas de verdes ramillas que colgaban hasta el suelo imitando a las cortinas. Tras alejarme del roble inicié una marcha más rápida ya que caminaba sobre un prado con menos relieve y por el que podía caminar más cómodo.
Me fijé en que la planicie se extendía bastante y quedaba iluminada completamente por la Luna, no había árbol alguno que la ocultase, pero a lo lejos y entre una arboleda se apreciaba una luminiscencia azul que me recordaba a la esfera y, para mi sorpresa, el sonido de la cascada procedía de la misma dirección, por lo que eché a correr deseando encontrar la cascada y el motivo de tal luminosidad. Al llegar al lugar no cabía en mí del asombroso espectáculo que estaba contemplando, jamás habría imaginado tal escena. Un inmenso espejo, lo que parecía ser un lago, que reflejaba el cielo totalmente estrellado, una cascada de esferas azules que caía desde el cielo, sobre el lago millones de esferas flotando, unas por encima de otras, como si de luciérnagas se tratasen y en el centro del lago un torbellino que parecía no tener fin.

Me agazapé tras un árbol mientras continuaba asombrado después de haber visto semejante atmósfera de belleza, solemnidad y silencio, todo acompañado de un paisaje extraordinariamente mágico, nunca antes había visto nada igual. Tras un buen rato de observación, me di cuenta de que tras de mi se encontraba una de esas esferas, flotando, diría que hasta observándome curiosa. Me giré lentamente para poder verla más de cerca y cuando la tuve de frente, salió despavorida hacia la otra punta del lago, cruzando por el medio. Juraría que era la misma esfera que anteriormente había perseguido y eso me animó a moverme de nuevo, dando un rodeo al lago siguiendo su circunferencia y con calma. Poco a poco y a lo lejos, empecé a distinguir lo que parecía ser un pequeño altar desde el que una figura esbelta dirigía con los brazos a las pequeñas esferas, cual director dirige su orquesta. Una a una, las esferas se colocaban en una hilera de forma que formaban un horizonte azul ante mis ojos. Cuando me hube acercado lo suficiente me di cuenta de que la figura esbelta era una dama de tal gracia que no podía ser de este mundo, sublime, perfecta, espléndida… Con sus largos y extensos cabellos del color de las estrellas, un rubio platino, con unas mejillas definidas y completamente sonrojadas, labios de un rojo vivo, intenso, un cuerpo recorrido por un sinfín de curvas cubierto por una toga de seda y sobre su cabeza una tiara brillante, diría que de platino y en su centro y con forma de rombo un zafiro que se iluminaba al paso de las esferas. Trazando líneas en el aire con sus delicados brazos hacía danzar a las esferas y éstas, una a una, se acercaban hasta ella. Las iba tomando con las manos, pronunciaba algo en susurro a cada una de las esferas, les daba un beso y tras él, las dejaba flotar hasta la espiral en la que se introducían hasta desaparecer en la profundidad.

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